El Microscopio 2 Pág

30-04-2021 142 Visitas

En una pequeña tienda de mercería, un cuarto transformado en laboratorio permitió a Antonio van Leuwenhoek, gracias a una voluntad y a una paciencia férreas, descubrir el primer microscopio compuesto que revela al ojo humano el mundo de lo infinitamente pequeño.

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Entre las maravillas expuestas en un negocio de óptica, hemos admirado a menudo un microscopio con todos sus accesorios: lentes dispuestos en orden numérico, plaquetas de vidrio, pipetas afiladas, pieles de gamuza para limpiar los cristales y toda la gama de los colorantes. El microscopio es un poderosísimo auxiliar de la ciencia y, además, la sola contemplación de ese instrumento constituye un placer para nuestros ojos.
El microscopio nos revela los secretos del mundo natural: flores, insectos, gotas de agua, de sangre o de cualquier líquido que el ojo humano nunca podría descubrir. Decía Leonardo de Vinci: «Es necesario conocer mejor para amar mejor.» Comprendiendo el sentido profundo de estas palabras, se despierta en nosotros el deseo fecundo de penetrar los misterios de tanta cosa cuya existencia no podía ser sospechada antes del descubrimiento del microscopio; tantas cosas diminutas sin las cuales lo infinitamente grande no podría existir.
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Antonio van Leuwenhoek pule y perfecciona lentes. Al mirar a través de ellos, el humilde tendero descubre un mundo nuevo, hasta entonces invisible para el ojo humano.
La lupa era ya conocida por los antiguos, como puede deducirse de ciertos escritos de Séneca y de Plinio. En 1812 Brawster presentó a la Asociación Británica un lente de cristal encontrado en las excavaciones de Nínive y en 1859 se encontró un lente de vidrio en una tumba romana.
En cuanto al microscopio, no tenemos sino datos inciertos sobre su descubrimiento. Algunos lo atribuyen al holandés Zacharie Jause (1590), otros a Cornelius Drebbel (1610). En 1612 Galileo poseía un microscopio que perfeccionó. El napolitano Francisco Fontana mejoró el instrumento en 1716 y Juan Bautista Amici descubrió y construyó, en 1850, los primeros objetivos a inmersión (móviles) que permiten ampliaciones más poderosas.
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Leuwenhoek muestra a los sabios de su época, escépticos pero deslumbrados, una gota de agua donde se agitan muchos diminutos seres vivientes (ahora llamados «bacterias»).
En el siglo XVII, los sabios se negaban á admitir la existencia de seres tan diminutos que el ojo humano no pudiera percibir, hasta que Antonio van Leuwen-hoek (1632-1723) pudo demostrarles su error. Huérfano desde temprano, Leuwenhoek abandonó la escuela para ganarse el sustento en una tienda de mercería.
Sus horas de asueto fueron dedicadas a satisfacer su única pasión: la fabricación de anteojos. Nada descuidó para sobrepasar a todos los fabricantes de su época y un rincón de la tienda se transformó en taller. Paciencia, confianza y tenacidad lo sostuvieron en su lucha contra la incomprensión y las burlas. Logró por fin conseguir lentes tan perfectos que, a pesar de su aumento, revelaban los menores detalles con notable nitidez.
Nunca satisfecho, prosiguió reiteradamente sus experiencias, sorprendiéndose cada vez con cuanto le revelaba su invento.
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Un moderno microscopio que amplía 3.000 veces. 1) ocular; 2) casquete girando alrededor de un eje para cambiar los objetivos; 3) objetivos de repuesto de distinto poder; 4) plaqueta para colocar los materiales; 5) condensador de luz; 6) diafragma; 7) filtro; 8) reflector plano y reflector cóncavo; 9) apoyo; 10) sistema para regular la iluminación; 11) objetivo en función; 12) mecanismo para el enfoque.
Durante veinte años trabajó en una absoluta soledad, desconfiando de lodos y llegando hasta la misantropía. Examinaba los objetos más diversos: los pelos de un animal, la retina de un ojó de vaca, el cerebro de una mosca, el dardo de un insecto, la estructura de una semilla o la disposición de los vasos sanguíneos. Y de repente, las cosas más sencillas se trocaban en algo maravilloso.

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