Marco Polo - pág.2 3 Pág

30-04-2021 183 Visitas

Nunca se halló hombre, cristiano o moro, tártaro o pagano, que haya explorado tanto mundo como Marco Polo, grande y noble ciudadano de Venecia. La gran aventura de Marco Polo en el siglo XIII.

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Marco, su padre y su tío, escalan ahora las montañas de la meseta del Pamir, llamada hoy el techo del mundo, cuyos picos nevados se confunden con las nubes. Descienden después hacia las llanuras mogólicas, vastas como océanos y limitadas por el lado oriental con una cordillera de montañas azules que tomarán luego el nombre de Marco Polo.
Los encontramos sedientos, cegados por las arenas ardientes, en el desierto de Gobi donde, durante las noches, se oyen en el aire voces de espíritus y sordos redobles de misteriosos tambores. Se presenta por fin en el horizonte algo parecido a una cadena montañosa. Es la «Gran Muralla», altanera e ilusoria defensa levantada para preservar a China de las incursiones tártaras. Franqueada ésta, nuestros trotamundos se encuentran con un grupo de jinetes magníficamente ataviados: es la escolta enviada por el Gran Khan, encargada de acompañarlos hasta Pekín.
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Más allá de la Gran Muralla, un grupo de jinetes mogoles se presenta a los venecianos. Deberán escoltarlos, por orden del Gran Khan, hasta Pekín.
Kublai era un hombre verdaderamente extraordinario, de cultura e inteligencia superiores; descubrió en Marco las cualidades de una mente sutil, abierta, y flexible, que inútilmente había buscado entre los personajes de su séquito.
Dispuso, por lo tanto, tenerlo cerca, haciéndolo instruir en el lenguaje y las costumbres de su corte. Lo nombró, tan alto fue su aprecio, gobernador de Yang-Chou y, tres años después, le confió un viaje de inspección a través de sus provincias sureñas.
Era lo que Marco más anhelaba. Pudo visitar así el Anam y Birmania. Sorprendióse ante la belleza y esplendor de las viejas ciudades orientales, admirando las rutas, el sistema monetario, la organización del correo, y reconociendo en todo un asombroso grado de civilización.
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Un tímido adolescente que viene de muy lejos y no sabe una palabra de chino, se presenta ante Kublai Khan, el monarca más poderoso del mundo.
Entre tantas maravillas, su entusiasmo fue provocado al máximo por los esplendores de Quinsaí, capital del antiguo imperio Mangi. Su descripción de esa enorme ciudad, construida sobre el agua como Venecia, con sus incontables puentes de mármol, sus termas, sus jardines y sus tastuosas mansiones, pareció tan fantástica a los europeos, que la recibieron con incredulidad.
De nuevo en Pekín, Marco Polo presentó al Gran Khan informes verídicos y completos de su viaje, complaciéndose el soberano en reconocer la superioridad de su joven enviado sobre sus embajadores que traían sólo aquellas noticias que otros tenían interés en proporcionarles.
Pero Niccoló y Malteo, en el umbral de la ancianidad, sufrían cada vez más la nostalgia de su patria. El destino se encargó de favorecerlos. Se organizó una escolta para la princesa Cocacín, parienta de Kublai, prometida al rey de Persia. Y es así que, en 1292, una flota zarpó de Zaitón, rumbo al sur. Durante las escalas, nuestros viajeros veían desfilar sacerdotes budistas y fastuosos personajes de las pequeñas cortes locales que agasajaban a la princesa.
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La princesa Cocacín, prometida del rey Argón, de Persia, parte hacia occidente. Los tres venecianos velan por ella, y retornarán a su patria tras veinte años de ausencia.
En Ormuz, donde por fin concluyó la expedición, duramente diezmada por el escorbuto y las grandes tempestades (tan sólo 18 hombres quedaron de 600 que habían embarcado), los venecianos pudieron separarse de la princesa y seguir su ruta hacia Italia. En el otoño de 1295 desembarcaron en el muelle de San Marco, en Venecia.
Recorrieron las callejas y los puentes, sorprendiéndose al ver la cantidad de palacios nuevos edificados durante su ausencia. Seguíanlos, por todas partes, multitudes de chiquillos ávidos de admirar sus extrañas vestimentas. Pero si el aspecto de la ciudad se había transformado, lo mismo ocurría también a nuestros viajeros. Al punto que sus parientes, habiéndolos creído muertos, se negaban ahora a devolverles sus bienes.

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