Marco Polo 3 Pág

30-04-2021 132 Visitas

Nunca se halló hombre, cristiano o moro, tártaro o pagano, que haya explorado tanto mundo como Marco Polo, grande y noble ciudadano de Venecia. La gran aventura de Marco Polo en el siglo XIII.

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¿Una guerra entre Génova y Venecia? ¡Esto parecería hoy inconcebible! Sería como si estallara una guerra entre dos provincias de un mismo país. Pero antaño, las dos ciudades mencionadas fueron rivales durante largos años, y ocurrió que Marco Polo, ciudadano de Venecia, cayó prisionero y vivió cautivo en Génova.
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Empieza la gran aventura. Niccolo, Matteo y Marco Polo se em barcan para el Oriente misterioso.
¿Qué hacer durante los largos días de encierro? ¿Desandar su vida pasada? ¿Escribir? ¿Dictar relatos de fabulosas aventuras? En su prisión Marco Polo tuvo la suerte de estar acompañado por Rusticiano de Pisa, quien supo animarlo y escuchaba sus relatos. Y a medida que Marco Polo narraba sus viajes y aventuras, Rusticiano escribía. Desaparecieron, entonces, las estrechas paredes de la celda alumbrada escasamente por la luz amarillenta de un farol, y en su lugar surgieron en el recuerdo y la imaginación pueblos desconocidos, palacios con murallas de oro y horizontes infinitos. Las tinieblas de la celda se esfumaban.
El relato pujante y ágil del explorador daba vida y color a imágenes de ensueño destinadas a enriquecer la historia humana. Contaba Marco Polo, en esa época, alrededor de los cuarenta y cinco años de edad. Habian pasado ya treinta desde el día en que, apenas adolescente, se había embarcado rumbo al misterioso Oriente.
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En las calles angostas de Jerusalén, a la sombra del Santo Sepulcro, el drama de la pasión de Cristo está siempre presente.
Su padre Niccoló y su tío Matteo, nobles venecianos y acaudalados mercaderes, habían corrido ya la gran aventura yendo a buscar, en el corazón del Asia, especias y mercancías preciosas.
Ganaron en Pekín los favores del gran Kublai Khan, emperador de los mogoles, y a pedido de éste regresaron a Italia para solicitar del Soberano Pontífice el envío de algunos religiosos capaces de hablar de Cristo a los pueblos chinos.
En Venecia, al regreso, los esperaba Marco Polo, un adolescente de quince años. Acababa éste de perder a su madre y no conocía ni a su padre ni a su tío, que habían emprendido su viaje antes de que Marco naciera.
Marco no quiso quedarse solo en Venecia y acompañó a Niccoló y a Matteo a Palestina. Tenía entonces diecisiete años de edad. Era el año 1271. Pero Palestina constituía una primera etapa de donde nuestros viajeros se alejaron bien pronto, sin llevar consigo a ningún religioso.
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Durante un día entero las hordas de Nogodar asaltaron el donde estaban los tres venecianos.
Poseían, en cambio, una carta de crédito del Papa para el Gran Khan. Cabalgaron por las colinas de Armenia, bajaron hacia el sur, alcanzaron la Mesopotamia, y luego, por mar, llegaron a Ormuz, en el golfo Pérsico. De allí se dirigieron hacia Saba, Yedz, Kirman, cruzando los bravios desfiladeros de Bactriana, más allá de las Puertas de Hierro.
Castillos y aldeas fortificadas dominaban las rutas amenazadas por los feroces jinetes de Nogodar, un rey bandolero. Mientras tanto, Marco observa, escucha, fija en su memoria la visión de los desiertos, de las selvas y de ios rostros de hombres extraños. Aprende su lenguaje y, de noche, alrededor del fuego de los vivaques, escucha sus leyendas.
Marco no es un mercader, un buscador de riquezas; es un hombre de los tiempos nuevos que desea ante todo conocer el mundo. Es el primer hombre de su época que abre los ojos sobre sus semejantes y más allá de las fronteras conocidas.
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Catapultas construidas por los hermanos Polo, destruyendo la ciudad rebelde de Sin-Yak-Fon, ante el estupor de los soldados mogoles, que no conocían estas máquinas.
Los relatos de Marco Polo presentan una larga serie de acontecimientos vividos y, en un lenguaje que despertaría la envidia de un reportero moderno, nos habla del terrible «Anciano de la Montaña», jefe de la «Secta de los Asesinos», del «Gran Plátano Solitario» que se yergue en la llanura de Balk de la monumental grandeza de los templos de Kirman y de Samarcanda, de los pantalones de las mujeres de Badakshian y relata, en fin, tantas cosas y con tanto acierto que al leerlas pensamos en Marco Polo como en un perfecto escritor moderno.

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